EL ESPANTOSO PROBLEMA DE ISRAEL TUAN

sábado, octubre 03, 2009


Israel Tuan vivía en una casa vieja y tenía varios problemas. De casi todos sus problemas ninguno tenía mayor importancia, o eso creía él.
Una mañana del primer lunes del mes de Julio, Israel bajó a comprar el pan y de vuelta, por el camino se encontró una mujer hermosa, veinte años más joven que él.
La mujer aunque hermosa, no vestía bien y su pelo al igual que sus ropas, estaban llenas de mugre. Al primer vistazo Israel pensó en lo hermosa que era esa mujer, pero cuando esta se le acercó su repulsión hacia ella fue más que evidente. De un golpe de bastón la apartó.
La mujer susurró algo que Israel no pudo entender, y este por pena le lanzó una moneda.
De pronto Israel empezó a sentirse menos preocupado por sus problemas, de casi todos, porque para él era costumbre volver a casa pensando como podía solucionarlos, aunque nunca lo hiciera.
De pronto creyó volverse senil, le parecía el camino a casa demasiado pesado, demasiado largo. Y es que sin ninguna lógica o explicación y sin saber como su cuerpo estaba menguando y sus pasos se hacían más pequeños.
Lo curioso del caso es que Israel crecía si daba marcha atrás, esto lo descubrió cuando era del tamaño de una hormiga y no alcanzaba el pomo de la puerta de su casa.
Del tamaño de una hormiga y con una miga de pan, inmediatamente le rodearon más hormigas que le intentaban quitar de las manos su pan.
Israel después de forcejear un rato desistió. Con las manos vacías dio marcha atrás y cuando era del tamaño de una lagartija intentó arrebatarles a las hormigas su pan.
De nuevo con su pedacito de pan Israel camino unos pasos más atrás bajando por una concurrida avenida y del tamaño de una pelota de tenis, de un golpe de pie empezó a dar volteretas por el aire, hasta que al lomo de un mastín fue a parar.
Se agarró fuerte a su pelo y el mastín empezó a correr en dirección a casa de Israel, menguando a tal velocidad, que Israel, empezaba a temer por su propia existencia.
Aunque por suerte de él, el perro paró en seco a olisquear una farola, y fue cuando nuestro protagonista, el señor Israel se bajo ayudado todavía de su bastón, del tamaño de un palillo, y se deslizó por la cola del animal y aterrizó de bruces al suelo.
Fue en ese mismo instante cuando volvieron las hormigas y le arrebataron de nuevo su pan.
Israel, temeroso lo dejó estar. Pensó que cuando fuera de su tamaño normal, esa miga no le iba a saciar.
Poco a poco fue recuperando estatura, aunque se sentía cansado, ya que treinta pasos suyos era un paso de una persona normal.
Cuando creció hasta el tamaño de un niño de ocho años la gente que pasaba por su lado se reía de él, pocos lo hacían con disimulo. Un señor le llegó a parar preguntándole que donde estaban las carpas del circo e Israel, un hombre mayor y de rostro cansado, solo pudo ignorarle aunque le hubiera gustado decirle alguna que otra palabra y quien sabe si hubieran llegado a las manos.
Pero ahora lo que más le preocupaba era recuperar su tamaño normal. Dejó a aquel hombre atrás llegando a la conclusión de que la mujer hermosa, veinte años más joven y de apariencia mugrosa, le había echado una maldición.
Cuando ya se había acostumbrado a oír las risitas y el murmullo de la gente a su alrededor, Israel se encontraba a apenas unos quince pasos de recuperar su tamaño normal, justo unos pasos delante de la panadería, que por cierto empezaba a cerrar las puertas.
Casi había volado el día, y que tarde se le había hecho y que despreocupado de todas sus tareas y problemas por solucionar que había antepuesto este último a los demás, y a apenas unos centímetros de alcanzar su total estatura, Israel se topó con la mujer hermosa que le había echado la maldición.
Ella se le quedó mirando con una sonrisa, e Israel sin tiempo de decirle que deshiciera esa horrible maldición, ella se le adelantó devolviéndole la moneda y diciéndole que la única manera de poder volver a su casa sin que volviera a menguar, sería si le daba un pedazo de su barra de pan antes del anochecer.
Pero para la desgracia de Israel, la panadería ya estaba cerrada y su barra de pan hace un buen rato se la habían llevado las hormigas.
La mujer soltó una carcajada horrible que hizo temblar desde la cabeza hasta la punta del bastón de Israel, ya que tendría que vérselas de nuevo con las hormigas y posiblemente eso sería lo menos complicado.
Y de nuevo Israel dio media vuelta menguando poco a poco hasta desaparecer.

23/04/09

jueves, abril 23, 2009


Se me escapan frases como a una niña que no halla respuesta, y el dolor se va como la infancia.

Mi mundo que era pequeño a veces crece aunque no quiera, de tu mano, sin mirar atrás, sin que me de cuenta, se como ser feliz.

Y en la oscuridad el tiempo se para, llora su única realidad, no se desvanece.

Se clava en el alma y en la mente, tranquila y quieta, la eternidad.

Pronto se querrá ir, y quizás yo no quiera. Quizás hable sin prisa y el tiempo no me entienda, quizás hasta que no vea el mundo que hay detrás de tu sonrisa, quizás… lo entienda.

A L.M.M. de Inés.


Cuento de terror III, El pueblo y el suceso

lunes, febrero 16, 2009

Habían volado, dejándose llevar por el tiempo, la tempestad, el recuerdo de otros momentos que había laxado, ahora más negros, se habían alojado en su cuerpo.

Retorciendo sus miembros, encogiéndose entero, el dolor empezaba desde su propio estomago y se extendía hasta el dedo gordo del pie.

Distinguía lo que había sido estar en compañía y necesitar de alguien en quien confiar.

Sus palabras, marañas de lenguas sucias que anidaban en su pensamiento, lamían sus sesos. Sus confesiones convulsionaban dentro, un día tras otro.

Deprisa, se arrojó a las tinieblas. Asido del cuello, rígido, olvido sus penas.

Alguien que vivía dos o tres calles más abajo comenta que no fue por placer, ni premeditado, que alguien le había obligado.

A la mayoría les daba igual, les preocupaba sus negocios, sus familias y sus casas.

La segunda noche desde aquel día sucedió lo mismo, una persona que vivía unas calles más abajo. Asía fuerte, rígida, un cuchillo en su propia tripa.

Al día siguiente se decía en la segunda mejor pastelería del pueblo, que había sido un asesinato.

A la tercera noche desde el segundo suceso, y la quinta del primero, el dependiente de la segunda mejor pastelería se encontraba, tumbado, rígido, al pie de una escalera.

Muerdo, decía un pariente del pastelero.

Muerto querrá usted decir, le corrigió el comensal y amigo del pastelero.

¡No!, muerdo que no muerto, porque soy un infeliz, ya no podré decir que…, y se mordió la lengua, el que ahora era el único pastelero del pueblo, y no el mejor.

Al séptimo día del primer suceso, al quinto del segundo y a los dos días del tercero, el comensal amigo del pastelero, rígido, cayó después de comer su tarta de queso.

Ese mismo día el que era ahora el único pastelero fue arrestado por su primo, el sheriff del pueblo y al siguiente se encontró al pastelero y al sheriff tendidos, rígidos, en el suelo.

Al noveno día del primer suceso, séptimo del segundo, cuarto del tercero, segundo del cuarto y siguiente del quinto, la madre de los dos pasteleros muertos había encontrado a su marido vendiendo los negocios de sus hijos al extranjero, que residía ya tres años, en el pueblo.

Al siguiente día de que la madre viera a su marido vender los negocios, este, asido, rígido como el primero, se había ido.

Y ella, el extranjero y la familia del vecino del primero discutieron por los bienes que según el marido había dejado en herencia a ellos en tres partes iguales.

Al onceavo día del primer suceso, noveno del segundo, sexto del tercero, cuarto del cuarto, tercero del quinto y siguiente del sexto, la mujer del marido fallecido, se encontró rígida, en la cama del vecino del primero y junto al del primero, rígido también, sumidos en un profundo sueño.

Ahora, el extranjero encargado de las dos mejores pastelerías del pueblo, arruinado, solo podía venderle a la familia del vecino del primero, que les gustaban los pasteles, y que habían vendido su parte de la herencia del marido de la mujer fallecida y amante del vecino del primero, al mismo extranjero.

La familia del vecino del primero, vivía en el segundo, en el edificio de dos plantas, contiguo al edificio del primer hombre mencionado en esta historia.

A los cuatro días de haber comprado la parte de la herencia de la familia del vecino del primero, el extranjero, fue encontrado con la cabeza en el horno, apagado, pero rígido.

¿Suicidio?, pregunto el hijo de la única familia viva en el pueblo.

No, yo diría que asesinato, dijo señalando el abuelo al horno.

¿Quien?.. Preguntó el padre, mirando a ambos.

Y en ese mismo instante, padre, hijo y abuelo, empezaron a golpearse, el padre alcanzó una olla, el abuelo sacó un rifle, el hijo, cuchillo en mano se puso en medio, y a la vez que el hijo acuchilla al abuelo, este dispara al padre y el padre golpea al hijo.

No recuerdo bien si fue la persona que vivía dos o tres calles más abajo la que me comentó que esto sucedió el catorceavo día del primer suceso, doceavo del segundo, noveno del tercero, séptimo del cuarto, sexto del quinto, cuarto del sexto y siguiente del séptimo, que fue el único que no había muerto, porque no le gustaban los pasteles decía riéndose y había quedado libre para ir al entierro.

Cuerpo sin vida, Cuento de terror II

viernes, enero 02, 2009

Tenía mucho sueño, pero el sueño se había convertido en un cuerpo sin vida. Deambulada de un lado para otro sin saber donde parar.

No es cierto que descanse en paz, había desaparecido.

Yacía los primeros días sobre la hierba, con el rocío de la mañana sobre su rostro y en los cabellos, contemplaba el cielo, sus primeras pinceladas de un azul claro.

Miraba arriba, quizá esperando.

Y en la homilía dominical que el sacerdote compartía con todo buen cristiano, habían mencionado su nombre, pero ¿cuantos de allí presentes se habían levantado a buscarlo?

Sus carnes tiernas empezaban a arrugarse como una pasa, la tarde ya era muy fría y húmeda.

A las seis se retiraban los niños del parque, los gritos de júbilo y risas se apagaban mientras dejaban entrar la noche.

Quizá tan solo un niño, solo, votaba una pelota cerca.

Igual podían los labios, lilas, pétreos, pronunciar alguna palabra de socorro, o igual no.

El niño que jugaba con la pelota, tiró demasiado fuerte. La pelota rebotó en el tronco de un árbol y cayó cerca de donde se encontraba el cuerpo del otro niño.


El niño que jugaba a la pelota corrió tras ella, mientras corría, sus manos jugueteaban con las ramas de los arbustos, se acercó sintiendo todavía el placer y cosquilleo que las ramitas le habían proferido, tomó la pelota y se quedo plantado, delante del otro chico, que parecía un cuerpo sin vida.

Bostezó, mientras el chico tumbado en la hierba apenas podía moverse, ni abrir los ojos, solo parpadeaba.

Nadie podía encontrarle.


Nadie podía encontrarle porque había desaparecido.

Cuento de terror

martes, noviembre 18, 2008

Sombra


El gris oscuro, casi negro, se cierne sobre su rostro, sus ojos cóncavos vacíos y hondos como pozos, que delatan la diferencia.

En el aire se respira pesadamente, como quien carga por primera vez su sombra y camina entre lo inerte. El espacio que hasta ahora era y estaba, ya no era ni estaba, hallaba su encarnación en la víspera de rozar la nada.

Todo era indudablemente oscuro.

Ella parpadeaba, pero ni el más mínimo brillo y fulgor de vida salieron de esos ojos, y menos mencionar su sonrisa. Extraño era que hablara y no moviera sus labios, más extraño, que su extraño contoneo y más raro todavía que el sonido de su cuerpo, de un lado a otro, como un diván y el bastón que lo sostenía, rasgaba la acera por donde caminábamos.

Se quejaban las aceras como si hubieran estirado las colas de un puñado de gatos.

Se quejaban mientras el humo de las chimeneas del infierno limpiaba sus almas.

Pasad, nos instó a entrar a una sala aún menos iluminada.

Pude oír que murmuraba entre dientes o quizá fuera una risita, resultaba igual de doloroso que ver quemar miles y miles de cuerpos en este infierno.

Poco a poco se fueron apagando los lamentos, los gatos se alejaron del suelo y con ellos, nosotros, nos callamos al entrar en aquella sala.

Habían más lo sé, ella los turnaba mientras decidía quien podría ser el siguiente.

Y aquel caballero de cuerpo enjuto y bastón no aguantaría mucho el peso de la sombra.

Alguien tenía que llevarla, sé que la mayoría no podría entenderlo, pero algunos lo comparan con las naranjas o el amor, que se gestaba en la primavera y maduraba en otoño hasta que llegaba el verano.

E aquí, yo, su media naranja, petrificado, no podía verle y ese era el terror.

Había sombra por doquier, allende las montañas y el mar, entorno a las chimeneas y más allá, fuera, en otros mundos que nunca pude conocer.

Porque me encontraba donde nadie cree que puede ir a parar, donde nadie pensó antes, ¿es esto malo?, mi abuela tenía razón y al demonio tenía persiguiéndome. Nunca la escuché. Ahora la escucho día y noche, sin dormir, aunque no me hace falta, igual que sin respirar, que tampoco me hace falta, pero el no hacerlo, no me privaría del hedor putrefacto de los cuerpos que van al cielo, los que ya han cumplido condena.

El cielo, terrible, que nos deja en la sombra, huérfanos, de indistintas edades, de diferentes profesiones razas y sexo. Allí tan tiesos del miedo como nuestra voluntad nos permitía estar, volvamos a la escena;

Era otoño me decía y al mirar hacia la mesa vi como ella le consumía, acercaba su cuerpo, el del caballero, recordemos, el del bastón, se imprimaba alrededor suyo como si ejercieran alguna clase de baile, algo desagradable pero en mayor parte sensual.

Intentaba él repelerse, pero la fuerza de ella era mayor y la sombra lo envió hacia arriba, saltó una chispa y nunca más volvió.

Ahora me miró a mí, lo sé, porque sucedió algo parecido. Por un instante casi interminable sentí fuego en mi cabeza y como si cayera por una altura de más de cien pisos, me tomó, podría decir entre sus brazos, y rozó mis labios, los sello en el silencio con un beso cálido, cogió mis manos, y sentí sus noches largas en las puntas de mis pies fríos, también vi correr el tiempo delante mío, como una película, hundiendo mis ojos, fijando una sombra, como ojeras, de un gris oscuro, casi negro.

jueves, octubre 02, 2008


Vuelven las risas y el ronroneo de los ojos huecos del tiempo.
No miran a ningún lado.
Caminan deprisa las hojas de hojalata de los árboles,
chirriando las aceras y aún así pasando inadvertidas.
Haciendo eco.
Inadvertidas.
El aire lisonjero mece en la copa la cuna del viento,
acariciándole de norte a sur, de este a oeste y de sur, sudoeste,
norte, nordeste.
Despacio.
Al pie se deja caer rendida la sombra, incontrolable a su apatía,
señala a las hojas en todas direcciones.
Marchitas. ¡A montones!

Equilibrio,

miércoles, julio 16, 2008





continuidad, orden...